Silencio lo demás

Tercera temporada del Blog personal de la escritora Care Santos

10 de octubre de 2008

De Tretze tristos tràngols, de Albert Sánchez Piñol

L'endemà el corb va convocar tots els ocells en un arbre proper al camp de civada.
—He descobert un espantaocells únic —va començar—. Hauria d'odiar-nos i ens estima. Ell, que va ser creat per fer-nos por, voldria la nostra companyia tot i que l'hagi de pagar amb la vida. Vol morir per nosaltres! Mireu, és allà. Al centre del camp de civada.
però el que va passar va ser que els altres ocells no veien cap espantaocells:
—Et refereixes a aquell home que vigila el camp?
La Campana, 2008

9 de octubre de 2008

Intimidades

Leer es un acto íntimo, como comer o dormir. Por eso lo practicamos en lugares íntimos, valiéndonos de ceremonias que a veces son difíciles de confesar. Como quien gusta de leer echado en la cama cuan largo es, con el brazo extendido todo lo que da, y jura no tener pereza de pasar las páginas. El atrezzo que acompaña la lectura suele ser el mismo que nos guía en los momentos de mayor secreto: sofás, camas, hamacas... incluso cuartos de baño. No falta quien confiesa que cuando viaja sólo echa de menos su sofá con chese-long. Y quien dice adorar el vicio de leer nada más despertar, sin salir aún de la cama, como si el libro fuera una prolongación del sueño. Luego está la playa, otro territorio de íntimos deseos, donde hay quien lee tumbado boca abajo, o boca arriba, o en silla, o bajo un parasol, o en la zona de espigones. Y las terrazas perdidas en lugares amados: la terraza en Mallorca, el árbol del jardín... Y, por último, está el rincón de meditar y leer, fantástico descubrimientro que despierta la envidia de todos los presentes. Si puede ser con lluvia tras los cristales y un café bien caliente entre las manos, mejor que mejor, porque parece que el recogimiento aumenta, ¿o será que disminuye el remordimiento de no estar a pleno sol?

Me encanta preguntar a la gente del gremio por sus hábitos lectores. Lo que hoy he compartido con vosotros, navegantes, salió el martes durante la sobremesa de un almuerzo con libreros barceloneses. Ay, qué gusto da encontrar gente que comparte tus debilidades.



En la imagen, ellos, los libreros y nosotros, los pesados autores de promoción.

8 de octubre de 2008

Un huérfana mayor de edad

Hoy hace 18 años que murió mi padre. Se podría decir, pues, que soy una huérfana mayor de edad. En realidad, no ha pasado un sólo día desde que murió en que no me sintiera algo más huérfana que el anterior. Y eso que hoy, Antonio Santos, médico de profesión, pintor, poeta y novelista de vocación, sevillano de nacimiento, catalán por amor... tendría ni más ni menos que 80 años, y la verdad, no puedo imaginarle comportándose como los hombres de 80 años. La muerte prematura tiene eso: por lo menos, les ofrece a quienes tropiezan con ella la posibilidad de un recuerdo que no conoce los estragos del tiempo.
Creo que mi padre fue un hombre razonablemente feliz. Antes de conocer a mi madre había estudiado un primer curso de medicina, que tuvo que dejar por falta de medios. Luego conoció a mi madre por correspondencia, cuando ella tenía 16 y él 25. Se prometieron casi sin verse las caras. Se observaron una sola noche, en un hotel de Sevilla, cuando mi madre estaba allí de excursión de fin de curso, y decidieron que se casaban. Así de fácil. Mi padre dejó a la novia, sevillana, con la que ya tenía piso y fecha de boda (ella nunca se casó, según cuenta mi tía), dejó su cargo de administrador en una oficina de La Caja de Ahorros y el Monte de Piedad (hoy El Monte) y se marchó a Barcelona, llevando una maleta de cartón. La misma maleta que descuartizó poco después y en cuyas cuadernas pintó acuarelas. Aún debe de haber por casa de mi madre, repleta de los cuadros de papá, algún pedazo de maleta convertido en marina, o en bodegón. Una vez le expliqué esta historia a mi amigo Andrés Neuman y escribió un poema que siempre tengo frente a mis ojos. A mi padre le habría gustado que otro poeta se inspirase en él.
Una vez en Barcelona, ya con mis hermanos pequeños y casado, retomó la carrera, que terminó en los primeros 60. Ejerció la ginecología, la pediatría y la traumatología, llegó a dirigir la una clínica en Mataró y en los ratos libres pintó, escribió sin parar y hasta crió canarios (y los presentó a concursos, y los ganó, qué exótico). A su muerte, encontramos tres novelas inéditas en las tripas de su ordenador, un montón de fichas sobre estudios genéticos para los cruces de sus pájaros y centenares de notas. Sus últimos versos son amargos, terribles. No puedo releerlos sin escalofríos. El paso del tiempo, la falta de fuerzas, quién sabe... Su corazón le había avisado ya otras veces. El 8 de octubre de 1990 atacó y ganó.
El tiempo es un médico lento, pero seguro. Hace que te acostumbres a cualquier cosa, incluso a no tener padre. Sin embargo, hay algo a lo que no logro acostumbrarme: a la circunstancia de que no me parezco en nada a la niña de 20 años que le vio morir, perpleja de la injusticia que la vida cometía con ella. No me he repuesto de esa injusticia y a menudo pienso qué ocurriría si de pronto me tropezara con mi padre por la calle. ¿Nos reconoceríamos?

Perdonad el tono pesimista de esta entrada de hoy, navegantes. La vida es lo que tiene: terribles recordatorios cuelgan del calendario. Mañana encontraréis aquí otro tono, como de costumbre. Hablaré de intimidades de lector. Se lo he prometido esta tarde a un grupo de libreros con los que he almorzado bajo un tragaluz.

7 de octubre de 2008

Cita a las doce y dos

A los 6 años, desnudarse no significa nada. A los 26 años, desnudarse ya se ha convertido en un vieja costumbre. A los 16 años, desnudarse es un acto de inusitada violencia.


De Antichrista, de Amelie Nothomb

6 de octubre de 2008

Cleptomanía mermeladera

Lo confieso: robo tarritos de mermelada en los hoteles. Las escondo en la palma de la mano, miro disimuladamente al camarero para cerciorarme de que no me ve y entonces ¡zas!, de un movimiento calculado las dejo caer en mi bolsillo, o en el bolso. Nunca bajo a desayunar sin bolso, o sin llevar una prenda que tenga bolsillos. A veces dejo un rato las mermeladas sobre la mesa, como si me las fuera a comer, y sólo cuando me voy las deslizo dentro de la bolsa. Otras, lo hago directamente, nada más acercarme a la bandeja de las mermeladas, esa enorme tentación. Mi récord está en tres de una sola vez. Si estoy varios días en el mismo hotel, me modero: nunca más de dos al día, y me produce un placer inenarrable ver cómo se amontonan en la maleta. Las escojo de sabores variados, siempre procurando no repetirme mucho.
Al llegar a casa, las dejo en una repisa del armario (tengo bastantes, con diferentes etiquetas de diferentes hoteles). Me gusta agasajar a mis invitados con un tarrito de mermelada junto a la tostada recién hecha. También me gusta ofrecérsela a mis hijos. Les gusta la de fresa, especialmente. Mi compañero, prefiere la de naranja o la de melocotón. Yo, en cambio —y esa es la gracia, lo que me convierte en una artista del robo de mermeladas en los hoteles— detesto la mermelada en el desayuno. Combinada con mantequilla casi me hace vomitar. No la tomo jamás.
Igual por eso la robo.
Pero lo advierto a quien va conmigo: «Te hago saber que robo mermeladas en el desayuno». Pocos me creen a la primera, pero tarde o temprano se rinden a la evidencia.
Esta semana comienzo la gira de promoción de El mejor lugar del mundo es aquí mismo, publicado por Urano. Junto a mi amigo Francesc Miralles, coautor del libro, tendré que patearme algunas ciudades y algunos hoteles. Él no sabe de mi cleptomanía mermeladera. Me pregunto qué dirá cuando conozca esa debilidad mía que, seguro, ni sospecha.
Y es que ya lo decía mi abuela: sólo puedes decir que conoces a alguien cuando te has comido a su lado un saco de sal.

5 de octubre de 2008

Diagonales X


3 de octubre de 2008

Cita a las doce y dos




Una conversación enseña más que una carretada de libros.

(Proverbio chino)






La imagen, de Aloalosabine, en Flickr